Peregrinando por el pasado

Algunas pistas cronológicas en la vida de Ignacio

1491: Nace en Loyola (País Vasco)

1521, Mayo: Es herido en la batalla de Pamplona. Recuperación y convalecencia en su casa de Azpeitia. Conversión.

1522: Estancia de Ignacio en Manresa.

1523: Estancia de Ignacio en Jerusalén.

1524-1527: Estudios en Barcelona, Salamanca y Alcalá.

1528-1535: Estancia en París. Primeros compañeros.

1537, junio: Se ordena sacerdote, en Venecia.

1540: Reconocimiento de la Compañía de Jesús por Paulo III.

1548: Aprobación por el Papa Paulo III de los Ejercicios Espirituales.

1553-1555: Relata su vida a su secretario. Se escribe la Autobiografía.

1556, 31 de julio: Ignacio de Loyola muere en Roma.

Contexto histórico: Ignacio de Loyola y su peregrinaje 1522

Ignacio nace en Loyola, probablemente en 1491, en el seno de una  noble familia, en el País Vasco. Es el más pequeño de trece hermanos. En 1521 cae herido durante la defensa de Pamplona, frente a las tropas francesas. Durante el periodo de recuperación y convalecencia en la casa familiar se produce en él una profunda transformación espiritual, lo que él llama su conversión, que le lleva a abandonar lo que hasta entonces había constituido su vida, y a dedicarse desde ese momento a buscar la voluntad de Dios.

Decide hacerse peregrino e ir hasta Tierra Santa.  La primera fase de esta peregrinación le lleva hasta el Santuario de Nuestra Señora de Montserrat. Comienza en algún momento de 1522, a finales de enero o principios de febrero, y llega a Montserrat el 21 de marzo. Según relata él en su Autobiografía, durante este camino tiene lugar el conocido episodio de su encuentro con un musulmán con el que conversa y discute sobre cuestiones de religión. Es notable este “diálogo interreligioso”,  que manifiesta un fervor todavía muy inmaduro, y ya muy intenso, en el hecho de que a Ignacio le surge la duda de si debe o no matar al musulmán, por haber ofendido a María al negar su virginidad.

Ignacio permanece en la ciudad de Manresa durante más de diez meses. Allí continúa con su propósito de oración y penitencia, y va anotando en un cuaderno que lleva consigo sus profundas experiencias espirituales. Así, en Manresa, nacen los “Ejercicios Espirituales“, que desde entonces serán practicados por millones de cristianos hasta nuestros días, como un camino seguro para buscar y hallar la voluntad de Dios.

No exageramos si decimos que en Manresa vivió Ignacio la etapa más importante en su evolución espiritual. Como él mismo explica en su Autobiografía, “de manera que en todo el decurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las junte todas en una, no le parece haber alcanzado tanto, como con aquella vez sola”.

Entrar en la experiencia de Ignacio

Ignacio fue un peregrino religioso en una sociedad religiosa. Es bastante probable que, en su camino, visitase la mayoría de los lugares e iglesias construidas antes del siglo XVI. En ciudades pequeñas con sólo dos o tres iglesias, Ignacio las visitaría todas para asistir a misa, para rezar ante sus altares, o para escuchar el canto de los frailes en la Liturgia de las Horas.

Ignacio se detendría en la plaza principal de la ciudad para comprar provisiones, para confirmar la distancia hasta la siguiente aldea, o simplemente para charlar con sus habitantes.

Ciertamente, el peregrino de hoy no vivirá la experiencia  espiritual de Ignacio de Loyola en toda su intensidad. No encontrará en Logroño, Zaragoza, Tudela o Lleida una señal diciendo “Ignacio de Loyola durmió aquí”. Y sin embargo en cientos de lugares a lo largo del camino podrá tener la certeza de que Ignacio oró en esta iglesia, compró en esta plaza del mercado, o caminaría junto a este río, subiría esta colina hacia ese santuario o ese monasterio, o contemplaría maravillado este mismo paisaje.

Los lugares de peregrinación a los destinos considerados sagrados, habían proliferado a lo largo de la Edad Media. Los peregrinos dejaban sus casas y se ponían en camino buscando el favor divino, la curación de sus enfermedades, o el perdón de sus pecados. Era un hecho común en la vida medieval. Muchos hacían cortas peregrinaciones a santuarios cercanos. Otros tenían el privilegio de poder hacer, una vez en su vida, su gran peregrinación a Santiago de Compostela, a Roma, o a Tierra Santa.

Los peregrinos del siglo XXI tendrán que hacer un esfuerzo imaginativo para entender al peregrino de los tiempos de Ignacio.  Pero tendrá a su alcance poder captar el valor y el sentido, aun para el hombre de hoy,  de esta práctica de la peregrinación, como algo importante para la propia vida, y para el propio crecimiento espiritual. ¡Vale la pena intentarlo! ¡No  dejéis pasar esta oportunidad en vuestra peregrinación!