Oración Introductoria

Siguiendo a Ignacio de Loyola, proponemos comenzar cada tiempo de meditación con la siguiente oración: «La oración preparatoria es pedir gracia a Dios nuestro Señor para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad.» (Ejercicios Espirituales nº 46)

El texto ignaciano puede ser adaptado a las condiciones personales del peregrino, diciendo, por ejemplo «Señor, que yo viva para ti y no para mi. Que todo lo que haga sea sólo para buscar tu servicio y alabanza y no los míos propios.» O bien «Señor, que todo mi ser se oriente hacia ti, que no me separe de tu voluntad ni en mi consciencia, ni en mi inconsciencia. Oriéntame tan sólo a ti. Atráeme completamente.»

Lo que se pide es un don, una gracia. En realidad estamos pidiendo el conocernos a nosotros mismos y que en este conocerse, tengamos la orientación hacia la felicidad que representa el vivir tan sólo en presencia de Dios. Por eso pedimos que nuestras intenciones (deseos, motivaciones), acciones (obras exteriores) y actividades (reflexionar, planificar, preguntar, gustar) se orienten hacia la Luz de la Vida.

A través de la repetición constante de esta petición, a lo largo de todos los Ejercicios Espirituales, estamos creando un campo magnético que orienta todas nuestras moléculas hacia el Único Verdadero, fuente de la Felicidad. Poco a poco, paso a paso, el Camino Ignaciano se convierte en un Camino hacia nuestro Origen, hacia ese Dios que nos impulsa y nos atrae, inicio y final. El Espíritu intangible ejerce una fuerza de orientación en el interior del peregrino, de tal forma que todas sus “intenciones, acciones y operaciones” acaban siendo “gloria y alabanza” del Amor.

Uno de los frutos de los Ejercicios Espirituales será el experimentar la paz de aquél que se sabe orientado hacia una felicidad plena, que hoy ya experimenta de forma parcial en su caminar.