Pistas ignacianas 7

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Anotaciones: Seguimos en la consideración de la presencia del mal en nuestras vidas, pero hoy de forma más personal. Buscamos tomar conciencia de nuestras faltas e Ignacio nos aconseja experimentar de nuevo un “día triste”, al descubrir la realidad del pecado en nuestra vida. Mantengamos ese ambiente apesadumbrado durante la meditación, para ayudarnos a entrar mejor en esta consideración del mal que yo hago.

Petición: Consciente del fin para el que fui creado y de la vocación a la que Dios me invita, te ruego, Señor Jesús, me concedas comprender la realidad de mi pecado y de las tendencias desordenadas en mi vida, para que sintiendo vergüenza y confusión, pueda obtener la curación y el perdón.

Reflexiones: Ayer pedimos la gracia de comprender más profundamente la realidad del pecado en el mundo. Hoy meditamos sobre nuestra torpe e incómoda realidad: Mi propio pecado. Que somos pecadores es verdad. No sólo de los criminales más reprobados, sino que, como solía decir mi dulce maestra de primer grado: cada uno de nosotros es un pecador, comenzando por el Papa y bajando a lo pobres desgraciados que ocupan las noticias de sucesos de esta mañana. Cada uno de nosotros tiene patrones habituales de rebelión contra el plan de Dios: ¿Cuál es el mío? El salmo proclama: “El Señor escucha el grito de los pobres.” ¿Qué hay de nosotros? ¿Hay estilos en los que hemos mostrado ser habitualmente sordos a “los necesitados” con los que nos encontramos: los pobres, los ancianos, los “amigos” poco populares, los marginados, etc. ¿Hay estilos en nosotros en los que usamos y abusamos de otras personas o situaciones para satisfacer nuestras propias necesidades para llamar la atención, obtener dinero sucio, abusar con nuestro sexo, comprar la aprobación, buscar de forma egoísta la comodidad, el abandono, la no implicación?

Hoy pedimos la gracia de comprender nuestra propia vida de pecado. Con demasiada frecuencia, nuestra cultura nos “anestesia” para que no asumamos  la responsabilidad de nuestro mal. Aristóteles dijo en cierta ocasión que “la vida no examinada no vale la pena ser vivida.” Con esto nos referimos a la necesidad de examinar hoy nuestros defectos y fallos habituales, esos rincones oscuros de nuestra vida, incluso los defectos que ya son un hábito “normal”, que nos arrastran hacia abajo y nos impiden el regresar y vivir en correcta relación con Dios, los demás, y el mundo. Podemos rogar a Dios que nos ofrezca la valentía de enfrentarnos a nosotros y a nuestros pecados, a nuestros puntos ciegos, de manera que los podamos descubrir y aborrecer.

Asegurémonos de hablar con Dios y con Jesús. El sentirse abandonados en nuestro pecado es exactamente lo contrario de la gracia que buscamos para el día de hoy. La conciencia de nuestros pecados no nos ha de dejar sumergidos en la autocompasión o la depresión, sino que pedimos la gracia contraria: un sentimiento de admiración y agradecimiento hacia Aquel que nos «amó siendo pecadores», tan queridos por Dios que creyó que valía la pena entregar a su Hijo unigénito. Jesús de tal manera nos amó que, aún sabiendo que somos pecadores, nos amó hasta el extremo, en total sintonía con la voluntad del Padre. Ignacio nos invita a experimentar una auténtica vergüenza de nuestro pecado, junto con la gran maravilla de sentirnos pecadores, amados y redimidos. Buscamos la curación interior, sabiendo que somos pecadores amados.

Textos:

Lucas 15:1-7. Jesús es el hombre que recibe a los pecadores y come con ellos.

Lucas 5:1-11. Yo digo a Jesús: ¡Aléjate, Señor, que soy un pecador!

2 Corintios 12:8-10. Cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Coloquio final: «Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere. El coloquio se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su Señor; cuándo pidiendo alguna gracia, cuándo culpándose por algún mal hecho, cuándo comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ellas; y decir un Padrenuestro.»

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