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Anotaciones: No olvidemos la “oración introductoria”. Estamos ya en la “tercera semana” de nuestros ejercicios espirituales. Ignacio nos pide que seamos conscientes de las dificultades con las que, cada vez más, Jesús se enfrenta en la “peregrinación de su vida.” Entramos así en una parte más “árida” de nuestra propia peregrinación. Tratamos de tener en cuenta el esfuerzo generoso de Jesús por nosotros. Mantenemos en nuestro corazón un “estado de ánimo triste” a medida que caminamos con Jesús, ya por última vez, hacia Jerusalén. En nuestro coloquio final seguimos avanzando en el conocimiento interno de Jesús que, a pesar de ser inocente, va a sufrir la muerte en cruz. De nuestros sentimientos de tristeza por su dolor hablamos con nuestro “amigo” en el coloquio al final de la oración, y también durante el día.
Petición: Pido al Padre que me lleve hasta Jesús para que yo pueda oír y entender su desafío, sentir la emoción de su aventura, y un ardiente deseo de servirle compartiendo su suerte y su sufrimiento.
Reflexiones: En el evangelio, Jesús va en peregrinación desde Galilea a Jerusalén. Allí va a celebrar la última cena con sus discípulos, y va a sufrir su pasión y su muerte. Ha pasado casi tres años en compañía de sus discípulos y, sin embargo, durante esta última ida Jerusalén se pone de manifiesto que todavía ellos no han entendido su mensaje. Están preocupados pensando que quién de ellos será el más importante en el reino de Dios. Una vez más Jesús trata de hacerles entender que en el reino de Dios el liderazgo no consiste en dominar, sino en servir a los demás. Ellos no entienden que el camino de Jesús implique sufrimiento y sacrificio, ni que exija negarse uno a sí mismo. Quizás a nosotros nos sucede lo mismo, y no acabamos de decidirnos a escuchar y a aceptar esa exigencia del seguimiento de Jesús. Con la imaginación contemplativa nos vemos peregrinando con Jesús en este largo camino a Jerusalén. Presentémosle nuestras propias preguntas. Recemos para que nuestros ojos se abran y podamos ver su mensaje con más claridad, y para que nuestros oídos cada vez puedan escuchar mejor su llamada.
En su caminar, Jesús se siente débil y cansado. Los discípulos van a buscar agua y alimento, y Él se queda fuera de la aldea. El sol está alto, y hace calor. Samaria. El evangelio de Juan nos habla de una mujer que llega. Es samaritana. Había enemistad profunda entre los Judíos y los samaritanos. Jesús se encuentra junto a un pozo para sacar agua, pero no tiene con qué. Necesita ayuda. Jesús siente sed, y le pide a la mujer que le dé agua. Durante la conversación, la samaritana va descubriendo quién es Jesús, y acaba aceptándolo como el Cristo, a pesar de ver en El a un hombre cansado, débil, y necesitado de agua.
¿Quién soy yo? ¿Quién es Jesús? En el encuentro con Jesús, Dios nos ayuda a comprendernos más profundamente a nosotros mismos, y, en ese proceso, también comprendemos más profundamente a Dios. El Camino Ignaciano que estamos recorriendo pasa a través de “Los Monegros”, una región cercana a la climatología desértica en España. Caminando por esta región caliente, de paisaje árido y polvoriento, nos podemos imaginar lo importante que era el agua en la realidad y en la imaginación de los oyentes de Jesús. Sin agua, no hay vida. Nos encontramos así con una de las imágenes simbólicas más importantes de los evangelios: Jesús es el agua que da la vida eterna, el manantial que nunca se seca, el agua abundante. La transformación personal es consecuencia inevitable del verdadero encuentro con Jesús. De la misma forma que cambió la vida de las personas curadas por El, así ha cambiado la vida de esta mujer al hablar con ella. Acerquémonos a Jesús en el pozo, como lo hizo esta mujer samaritana. ¿Quién soy yo realmente? ¿Quién es Jesús? ¿Qué me dice Jesús a mí? ¿Qué respondo yo?
Textos:
Marcos 10, 32-45. “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
Juan 4:6-15. “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed.”
Juan 6:30-44. Creo que Jesús es el pan vivo, el agua que da vida; y le ruego al Padre que me acerque más a Él para que, comiendo y bebiendo, pueda tener una nueva vida.
Coloquio final: Hacer un resumen de lo meditado durante la oración de hoy, hablando con Jesús como un amigo habla con otro. Sincerarse con El sobre los puntos hallados en este rato de camino. Si nos sentimos movidos a ello, podemos pedir a Jesús que nos acepte bajo su bandera. Acabar con el Padre Nuestro.

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